Fue
propuesta por Howard Gardener en su libro Estructuras
de la mente (1983), producto de una investigación sobre el potencial humano,
en la que la búsqueda se orientó al diseño de instrumentos que permitieran
evaluar las diferentes maneras en que los individuos abordan problemas y los resuelven.
Siendo muy diversas, la teoría de las inteligencias múltiples ofrece una lectura
más refinada de las habilidades humanas para resolver retos.
La
teoría de las inteligencias múltiples ha tenido aceptación en el campo
educativo en cuanto permite definir tendencias o preferencias individuales
desde las cuales es posible diseñar estrategias educativas para optimizar los
procesos de aprendizaje. Estas preferencias, en parte innatas, también se
perfilan en relación al contexto sociocultural y son susceptibles de modificarse
y desde luego -en el contexto educativo- ser orientadas al desarrollo del proceso
del aprender a aprender.
Silvia
Luz de Luca, señala ocho tipos de inteligencias para el ámbito de la
educación:
La
lógico-matemática; la inteligencia que usamos para resolver
problemas de la lógica formal (no sólo la matemática) y de las abstracciones y
generalizaciones matemáticas.
La
inteligencia lingüística es la del uso de las palabras, de la habilidad
en el manejo de lo significados y de la expresividad a través del lenguaje
verbal.
La
espacial, es la inteligencia que permite construir modelos mentales
tridimensionales y orientarnos en un dado territorio, sea este un océano
(marinero), una ciudad (turistas, arquitectos), un bloque de piedra (escultor),
etc., y está relacionada con los diferentes grados de percepción del espacio
observado.
La
inteligencia musical, es aquella que permite la apreciación y la
creación musical, es la de los cantantes, compositores y amantes de la música y
del ritmo.
La
inteligencia corporal-kinestésica, es la que remite a las habilidades como
coordinación, equilibrio, fuerza, flexibilidad, rango del movimiento desde el
simple ‘estar’ hasta los más rápidos y veloces. También remite a la destreza
para producir o transformar objetos, de expresarse en el lenguaje de los gestos
y las posturas y al dominio del espacio.
La
inteligencia intrapersonal, es la que permite entenderse a sí mismo y a
partir de ello elegir/adaptar las conductas en el medio; es el estar conciente
de los propios estados de ánimo y está vinculada con la imagen de sí mismo.
La
inteligencia interpersonal remite a la capacidad de ‘sentir’ y
distinguirse de los demás, de alguna manera entenderlos y comunicar con ellos.
La
inteligencia naturalista, que pertenece a una tipología que Gardner
añade posteriormente a las primeras siete, remite a las habilidades que usamos
cuando observamos y estudiamos a la naturaleza.
También
reviste particular interés la mención a una inteligencia emocional, que de
Luca señala como una especie de síntesis entre
las inteligencias intra e interpersonal, y es relativa al conjunto de
capacidades para el manejo de las emociones. Este constructo lo propuso Daniel
Goleman a finales de los años ochenta, con el objetivo de lograr descifrar
mejor el aspecto emocional, quizás el más complejo de la naturaleza humana y de
los seres vivos en general.
Desarrollos
posteriores a la conceptualización de las inteligencias múltiples, además han
permitido discernir que éstas se encuentran ‘altamente correlacionadas’ entre
sí, señalando, entre otras cosas, no sólo un correlato neurofisiológico sino la
manifestación de tendencias generales en las conductas del sujeto. Sin embargo,
el punto débil de esta conceptualización, subraya de Luca, estriba en que los
instrumentos para medir empíricamente estas inteligencias aún ‘carecen de
claridad’.
Así
las cosas, y en vista de que las habilidades que manifiesta un individuo hablan
de una integración de los niveles profundos de funcionamiento, me parece
pertinente el señalamiento de la autora.
Quién
da un paso ulterior hacia esta dirección es Thomas Armstrong, para el cual la tarea
señalada depende de tres factores principales: la dotación biológica, la
historia de vida personal y el antecedente cultural o histórico, lo cual remite
a pensar en el estudiante, como un sujeto. No sólo manifiesta un conjunto de
preferencias y estilos de aprendizaje, sino un bagaje cultural y una
personalidad -aún en construcción pero ya estructurada en sus rasgos esenciales-,
que en conjunto determinan la capacidad para aprender. Aquí estriba el desafío
para los docentes y las prácticas innovadoras, si por un lado se propicia el
aprendizaje por los canales más abiertos y receptivos paralelamente hay que
observar cuáles elementos de los factores mencionados por Armstrong, limita o
no la capacidad para aprender.
En
mi práctica, al tiempo que los perfiles, me propongo observar qué aspectos del
funcionamiento en conjunto le están impidiendo al estudiante, por ejemplo,
concentrarse, o construir esquemas cognitivos que le permitan llenar de
significado los distintos aspectos de su carrera; qué le impide organizar sus
tiempos para el estudio, cómo puede planear la estructura de un ensayo;
obsérvese de paso que estas actividades no están restringidas al ámbito de lo
presencial y pueden contemplarse también para la educación a distancia. Se
trata de detectar estas cuestiones, valorando su peso real en la vida del
estudiante ayudándole a resignificar o al menos encontrar sentido a su quehacer
como estudiante. Esta práctica, en un segundo momento, puede involucrar a todos
los estudiantes en el diseño de un perfil del grupo a fin de proponer estrategias
conjuntas, mediadas por el docente, con el objetivo de recuperar lo que ya
tienen pero que funciona de manera insuficiente.
Una
práctica ulterior, una vez que las primera dos ayudaron a tener un diagnóstico
tanto individual como grupal, puede tomar de algunas técnicas de la
psicoterapia, las que ayudan a enfocar la atención a través de simples rutinas
de trabajo con la respiración diafragmática y técnicas de imaginación guiada
para ayudar a recuperar la habilidad de planificar y organizar tiempos,
materiales, lecturas, búsquedas, etc.
El
desafío para el docente es muy grande, porque si por un lado se trata de
favorecer el desarrollo de todas las inteligencias, por el otro sabemos que los
programas de estudio en el nivel superior están diseñados para implícitamente
desarrollar habilidades selectivas. Toda la educación superior está organizada
en campos del saber, carreras, asignaturas y enfoques que apuntan al desarrollo
de habilidades específicas y generalmente privilegian la inteligencia
lingüística, la lógica-matemática, en todo caso la interpersonal; luego según
la especificidad de la carrera, se valoran desarrollos más puntuales, por
ejemplo, de la inteligencia musical
(carreras artísticas), de la espacial (algunas ingenierías, arquitectura,
geografía), de la corporal-kinestésica (ingeniería bio-mecánica), la
intrapersonal (psicología, filosofía), cada carrera y cada asignatura
privilegiando necesariamente alguna inteligencia específica conforme al diseño
curricular y al perfil de egreso que la institución educativa se proponga. Evidentemente
hacer coincidir estas necesidades divergentes implica, más allá de la práctica
del docente, reconsiderar el diseño curricular de toda carrera universitaria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario